Las buenas gentes de Tengu Ediciones han rescatado una de las obras más icónicas del maestro del BD, Mathieu Bablet. Después de hacerse con los derechos de las obras del autor francés, y habiendo viajado a la era hiperbórea en Adrastea, ahora toca lanzarse a la negrura del espacio con una obra de ciencia ficción que ofrece una lectura profunda y rica.

Nos encontramos en un futuro donde la humanidad ha acabado por destrozar el ecosistema del planeta Tierra, por lo que la vida allí es inviable. Es por ello que ahora el ser humano vive en una estación espacial gigantesca que orbita alrededor del planeta. Aquí, la sociedad humana se ha visto lobotomizada a base de consumismo puro y duro. Trabajar para poder comprar para poder ser feliz. Creo que muchos estaréis pensando que no hace falta irse al futuro para ver los estragos de esta mentalidad consumista. Y es que Shangri-La viene a señalar con el dedo muchos de los problemas sociales y morales que acaecen en nuestra sociedad actual, pero enmarcándolo en un futuro distópico.

En este futuro donde nos hemos vuelto aún más idiotas está todo controlado por la macro corporación multinacional Tianzhu – que, por curiosidad, os contaré que esta palabra que usa Bablet para llamar a esta corporación es la que usaban los jesuitas en China para referirse a Dios. Prácticamente una mezcla de gobierno, religión y líder económico, esta organización vende una sensación de felicidad y prosperidad. Pero la realidad es bien distinta.
Tras esta nube de humo, los científicos de Tianzhu juegan a ser Dios, y no contentos con haber creado la raza de «animoides» – animales humanizados que son considerados seres de segunda – ahora planean crear vida desde cero a partir de antimateria para instaurar una nueva sociedad en Titán.

Tendremos a nuestro protagonista que a pesar de trabajar para Tianzhu, contará con su hermano que coopera con un grupo insurgente de rebeldes que se oponen a la filosofía de explotación de la macroempresa, y los iremos acompañando entre dimes y diretes mientras van desvelando verdades atroces ocultas tras el velo de perfección artificial que existe en la estación espacial.
De este modo, Bablet desarrolla una historia de ciencia ficción adulta, lejos de los tiros y explosiones de la space opera del cómic americano y siguiendo los pasos de autores como Aldous Huxley o H.G. Wells. El francés nos invita a adentrarnos en los horrores de la evolución de la sociedad y ciencia humanas, tratando temas como el racismo, el supremacismo, la total carencia de ética científica, la inhabilidad del ser humano de pensar por si mismo, la experimentación con animales, los extremismos y un largo sinfín de temáticas que nos tendrán reflexionando y pensando: estamos irremediablemente jodidos.

Es esta miseria humana y este sentido de que todo esta condenado al fracaso lo que precisamente más he disfrutado. Aquí no hay esperanza para el ser humano. No queda otra que sucumbir a la catástrofe y nos merecemos este aciago destino. Es un pesimismo realista-estelar que nos hace reflexionar sobre lo que realmente estamos haciendo con la sociedad y con el planeta, de un modo que no chirría a eslogan barato y que nos invita a la reflexión. Es por ello mismo que no es un cómic que deba leerse con premura si se quiere disfrutar en su totalidad, y su propia narrativa te lleva a ir parando de vez en cuando. No porque se haga densa – ni mucho menos en mi opinión -, sino por su complejidad intrínseca y su variedad de temas.
Quizá, el contrapunto para mi hayan sido algunos de los personajes, en particular nuestro protagonista, Scott, quien me ha resultado un personaje más plano y lineal que alguno de los secundarios. En contrapunto, el personaje «animoide» perruno de John, con su complejidad y matices, su sufrimiento y su lucha, consiguió tanto peso que llegó a eclipsar al resto. Su trama me pareció la más interesante, dura y emotiva sin lugar a dudas.

El dibujo es inconfundible y salta a primera vista que es de Bablet. A través de su estilo, nos regala un mundo lleno de detalles con los que va mimando el entorno y ofreciendo muchísima información, ya sea en las viñetas que muestran el asfixiante interior de la estación espacial o la amplitud del espacio. De hecho, a este dibujo le va a acompañar el uso de una paleta de color que se va a apoyar en tonos monocromáticos para hacer de filtro y que van a variar dependiendo de las estancias o del “mood”, pasando del tono amarillento al rojizo o al azulado. Será en la escenas del espacio donde vamos a contar con un coloreado más realista.

Y no puedo terminar la reseña sin alabar el gran trabajo de edición de Tengu. Han rescatado la obra que lanzó al estrellato a Mathieu Bablet – con permiso de La Bella Muerte – en un formato de lujo, con encuadernación holandesa, estampado en plata en el lomo, con un título en ubi 3d, páginas extra con arte conceptual y un papel de gran calidad. Eso sí, y aunque sea preferencia personal, la portada elegida no me gusta tanto como la original con la que contamos en el tomo de Dibbuks. Por lo demás, una edición sobresaliente.
En definitiva, un comic que tanto por contenido como por continente se merece ese hueco que nos pueda quedar libre en las estanterías a estas alturas. Y si no hay hueco, su calidad merece que vayamos al Ikea a por otra Billy, Kallax o sucedáneo.